Recuerdo que de pequeño mi padre nos llevó a pasar un fin de semana en un precioso hotel rural llamado El Hostal de la trucha» en Villarluengo. Cuando uno es pequeño, esto de andar río arriba y río abajo con la caña… y encima no pescar nada… vamos, como que no es el fin de semana ideal para un niño de 8 años.
Supongo que mi padre llegó a cansarse tanto de mis protestas, que en un momento dado, tomó la decisión de remontar río arriba hasta la cabecera del valle. Ante mi asombro, en ese lugar lo que encontramos fue una pequeña presa en la que desembocaba una pequeña instalación con las compuertas de una piscifactoría. Allí es donde periódicamente, la piscifactoría «liberaba» algunas de las truchas que contenía y con ello ayudaba a repoblar el río y a mantener el ánimo de los «aficionados» a la pesca como yo.